26 de mayo de 2026. Vladimir Paredes
Pero la velada tenía un epicentro en torno al cual todo gravitaba: el tenor almeriense Juan de Dios Mateos y sus nueve do de pecho. En el catálogo de pruebas vocales más arduas que el repertorio lírico haya concebido jamás, el aria de Tonio ocupa un lugar propio: no se trata de una mera cuestión atlética, sino de un equilibrio sutilísimo entre resistencia, proyección y musicalidad, en el que la técnica debe ceder paso a la emoción para que el efecto sea auténtico. Mateos afrontó esta montaña con la seguridad de quien no se limita a escalarla, sino que quiere habitarla. Los nueve agudos, proyectados con una claridad y una redondez que llenaron cada rincón del Cervantes, paralizaron la sala durante casi un minuto. El público, literalmente en apnea durante la ejecución, estalló en una ovación de tal intensidad que suspendió la representación: una interrupción espontánea, teatral en el más noble sentido del término, que pocas veces se concede a una ópera cómica y que confirmó que el tenor almeriense ha superado, con mérito pleno, lo que siempre se ha llamado el Everest del bel canto.
